El accidente que no ocurrió

Hace unos meses, un periodista de uno de los diarios digitales más importantes de Brasil, difundió la noticia de un accidente de avión en los alrededores del aeropuerto ubicado en la zona sur de la ciudad de San Pablo.Poco después, casi todos los medios de comunicación, sea televisivo, radial o digital, en un efecto tipo dominó, también se referían al supuesto accidente aéreo. Más tarde, la compañía aérea del presunto avión caído en plena ciudad, negaba que una de sus aeronaves se hubiera estrellado contra un edificio. En realidad, se iba a saber a fin de cuentas de que el siniestro relatado no había ocurrido, descubriéndose que era una colchonería que se incendió. Al periodista que “inventó” el desastre no ocurrido lo despidieron inmediatamente. Tal vez, ese error (y horror) periodístico nos indique del “hambre” por la desgracia ajena de la que se ha apoderado del mundo de las noticias, que cuanto más terrible parece que fuera mejor. Aparentemente nos impulsa una curiosidad morbosa. Se evita ver y saber de lo bueno y se le da gran audiencia a las catástrofes. ¿Quién no vio el derrumbe en vivo y en directo de las torres gemelas de Nueva York? Lo pasaron tantas veces, y lo continúan mostrando. Asimismo, en Brasil, se mostró innúmeras veces el avión que el diecisiete de julio de 2007 explotó contra un edificio ubicado enfrente del aeropuerto más ajetreado de San Pablo, después de seguir de largo por la pista sin haber conseguido frenar a tiempo. Creo que la “distancia” desde la que se muestran estos sucesos, en realidad, no nos permiten tener una verdadera dimensión de los hechos. Además, como ya lo han dicho algunos teóricos sobre medios de comunicación, la banalización es tremenda. Sólo leer o ver las noticias parece que no acciona nuestros corazones. Sería mejor salir a la calle para ver, sentir y que nuestra propia piel capte todo como una especie de radar.Algo de esto me pasó cuando miré con mis propios ojos el edificio destruido el diecisiete de julio del año pasado en el aeropuerto con más tráfico de Brasil. Vi las manchas negras dejadas en las paredes por las llamas que consumieron el edificio, donde murieron más de cien personas carbonizadas. El inmenso silencio que lo rodeaba el día que pasé, unas semanas después del accidente, me proporcionó una verdadera impresión de la dantesca tragedia que allí se vivió. Ver con nuestros propios ojos y palpar con nuestra propia piel activa todo nuestro ser: cuerpo, mente y alma.

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