El hombre cero

¿Qué hubiera pasado si el primer hombre, Adán, hubiera sido impotente, o si la primera mujer, Eva, hubiese sido estéril?

Indudablemente, no habríamos llegado a la impensable cifra de siete mil millones de humanos que pululan por nuestro cansado planeta.

Además de la preocupación por la alimentación, la sanidad, y el trabajo, no es menos importante, pienso, la cuestión de los deseos de tan vasta humanidad.

Imagínense a todos pensando al mismo tiempo en tomar un exquisito helado; no cabe duda de que no alcanzaría toda la producción mundial para satisfacer ese deseo. O, por qué no, el deseo comprensible de salir a pasear, !vaya, qué embotellamientos habría!

Por supuesto que los siete mil millones nunca coincidiremos en los mismos planes, pero lo que sí es real es que todos tenemos deseos continuamente, infinitamente, como el universo. Los deseos son el sentimiento pleno de nuestra real individualidad.

Tal vez, incluso aquel o aquella que no tenga deseos no estaría viva, porque el deseo es natural al ser y estar vivos. Los estímulos externos hoy en día son innumerables y el poder de los medios de comunicación para avivarlos es innegable. Claro que aislarse de ellos sería una tarea casi imposible para la cultura urbana, y tampoco nos conduciría a la eliminación de los deseos porque nuestros propios sentidos son los radares de todo lo que está presente en la naturaleza.

Ah, y no puedo dejar de pensar en todos nosotros, por ejemplo, bañándonos al mismo tiempo, ¿se acabaría el agua potable? Y no consigo sacar de mi mente los siete mil millones de deseos posibles multiplicados, vaya a saber uno por cuánto, diariamente.

Aldous Huxley ya había pensado, en su libro “Un mundo feliz”, de 1932, una solución para el problema de los deseos y la felicidad. Su solución no deja de ser innovadora, y principalmente, una medida eficaz para las rebeliones de masas, y el caos. Y cuándo no, este camino de la felicidad de todos, viene por vías de la educación: pasar la idea, en la edad más tierna, la infancia, en que somos un hombre con cero individualidad. Debemos buscar la felicidad colectiva.
Ese peligro que veía en la individualidad, el escritor Aldous Huxley, dentro de la circunstancia de la superpoblación mundial, obligaría a los gobiernos a buscar fórmulas de control de las masas. Por lo tanto, qué mejor control que el de darle al ser desde bebé educación con el objetivo de manipularlo, manejarlo, y además, darle los chiches que desea.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *