El payaso y su reino

Nadie lo vio llegar al parque con su camisa color arena, su pantalón negro, negro, cortito con tiradores y rostro maquilllado en el momento.
Yo me sorprendí cuando lo miré. Sus ojos buscaban las miradas perdidas, plácidas, de todos los que estaban en el Parque Forestal de São Paulo, en un día soleado. Sin demorar mucho para prepararse, el payaso llamó a todos con su corneta dorada y bromeó: Vengan todos, acérquense a mi espectáculo, sólo durará tres horas. Debo resaltar que es una pena que las palabras escritas no tengan tonos, porque escuchado en vivo es honroso.
De vez en cuando él tosía, hacía un fuerte tosido; su voz parecía desgarrada. A pesar de todo, se esforzaba muchísimo para llevar a cabo su performance.
Tiró un puñado de papelitos grises y brillantes, como para denotar importancia, antes había contado hasta tres, entonces se presentó así: Yo soy un payaso brasileño, con apellido alemán, cara de judío y acento corintiano. Corinthians es un club de fútbol paulista que tiene una gran hinchada en Brasil.
Colocó una cuerda larga en el suelo polvoriento para demarcar su escenario natural, teniendo al cielo claro como techo seguro. Las luces del Sol se suavizaban al pasar entre las hojas de los frondosos árboles.
Un domingo en el parque con un espectáculo de yapa no está nada mal, pensé. Pero no me acerqué mucho porque tenía miedo que me hiciera pasar al frente como todos los payasos hacen. Por lo tanto, preferí ver sus artes un poco escondido disimulando que estaba tomando sol.
Sin embargo, mi hijito y mi esposa (no tengo la intención de expresar la posesión con esos adjetivos, aclaro) se sentaron en un pedacito de césped, muy cerca de él.
Su primer número consistió en embocar unas pelotas como de tenis en un calderín que sostenía un voluntario elegido entre los espectadores. La interacción con la gente desde un primer momento fue macanuda. Después pasó a su segundo número: un partido de fútbol con una pelota negra y blanca fija a una vara que el sostenía.
Poco a poco y paso a paso nos transformamos en los lacayos de su corte real. Su reino de improvisación me sacó de un mundo automático, rutinario, aburrido. Su hilo conductor era la alegría, premiada por risas o sonrisas. Por fin me encontraba frente a algo que no necesitaba verlo a través de un aparato eléctrónico, dependiente de energía, con anuncios publicitarios, sin texturas ni dimensiones, con colores irreales y agotador.
Qué bueno es el cara a cara, ver las imperfecciones, no oír claro a veces sin poder repetirlo, depender de la destreza del momento.
Mi hijito estableció el final: Vámonos. Y así nos fuimos, imprevistamente, sin esperar el término, felices por haber estados regidos por un payaso y su reino improvisado, libres, leves, más leves que cuando salimos del mundo organizado.

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