El ruido musical

Habría sido impensable para los hombres de la prehistoria reconocer en la música algo de agresión, ya sea a los oídos, o a la propia mente en última instancia.
Sin embargo, este mundo tecnológico se inundó de ruidos de máquinas y de la voz y música reproducida electrónicamente. Incluso la música reproducida hasta ha sido usada como tortura en prisiones como Guantánamo, que quizás sea el primer lugar donde se hicieron estos experimentos maléficos. Terrible ¿no?, porque la tortura no sólo implica un sufrimiento presente, sino que también hace retornar al pasado y traumatiza hacia el futuro. No cabe duda de que el que inventó la tortura, debe haber sido un gran conocedor del tiempo.
Pero volviendo al tema de la música, y especialmente el ruido musical, hace unos días, un conocido me contó que un pasajero, molesto porque otro tenía el teléfono celular excesivamente alto, decidió bajar del ómnibus y llamar a un policía para que resolviese aquel problema.
Entonces el policía subió al autobús, y le pidió al joven, que insistía en obligar a los demás pasajeros a que escucharan su ruido musical, a que apagara el aparato que en ese momento era insoportable para los oídos ajenos.
He pensado, a veces, si esa costumbre no es propia de los pichones de dictador, es decir, aquellos para los que prima el imponer, el obligar, sin darle a uno la posibilidad de elegir, ejercer la libertad.
Parece que convivir ahora implica cuestiones que transcienden lo personal y conllevan lo colectivo. Es decir, yo puedo llevar ropa incongruente por la calle, ponerme un sombrero un día de lluvia, ir descalzo o colgarme una cuerda en el cuello sin importarle a nadie eso; pero la música fuerte y alta perturba de una forma indescriptible, altera los ánimos, pone los pelos de punta.
Así, el silencio se transformó en un bien precioso que para los que lo valoran, puede llevarlos hacia un momento de paz, de autoescucha, de libertad y plenitud. Por otra parte, si no hay silencio, no existe paz interior, y por lo tanto, se obstaculiza la unión colectiva.
El conjunto de los silencios individuales es la clave de la armonía social. La música armónica puede llevar a ese agradable estado colectivo, pero el ruido nos daría el resultado opuesto.
La ausencia de ruido desemboca, tal vez, en el recuerdo del silencioso mundo intrauterino en el que todos en algún tiempo vivimos.

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