El valor del pan

Nació en Szatmár (Rumania), en mil novecientos y pico; sus padres eran húngaros.
Él había llegado en 1948 a Montevideo. Antes había estado medio año en Italia, pero la situación socioeconómica entonces era muy difícil, y más aún para los extranjeros, decía él.
Arribó a Uruguay con el nombre de Stefano Szabados Czeiszler. En Rumania su nombre de pila era Istvan. Después adaptó Stefano al español: por lo tantoEsteban se puso.
La primera vez que vio y piso la principal avenida montevideana, Avenida 18 de Julio, quedó impresionado con la pujanza de ese emblemático lugar céntrico de la ciudad. A fines de los años cuarenta las personas vestían trajes nuevos, las vidrieras resplandecían.
En ese nuevo mundo empezó a trabajar en la profesión en la que se había formado. Guardaba el diploma enmarcado en un rincón de su biblioteca. Obtuvo en su tierra natal el título de maestro en fotografía. En el ángulo superior izquierdo del diploma hay una foto carné en blanco y negro en la que aparece jovencito, con un bigote muy fino al mejor estilo del actor Errol Flynn (1909-1959).
Se estableció en el límite del Barrio Sur con la Ciudad Vieja. Trabajó intensa y apasionadamente fotografiando eventos sociales: quince años, casamientos, cumpleaños, retratos. Cuando el trabajo menguó, porque la tecnología facilitaba a cada día el uso de la cámaras fotográficas, tuvo que buscar trabajo en otras áreas de la fotografía de sociales: en las exposiciones de arte, en las discotecas, etc. En esta época yo, su hijo del medio, comencé a ayudarlo, también mi hermano menor, y por supuesto, siempre contó con el apoyo de su querida esposa, “Nerita“, como él la llamaba. Tuvieron tres hijos.
Hoy en día tiene un nieto de tres años, que no llegó a conocer porque mi padre murió en Montevideo el 23 de septiembre de 2004, y mi hijo nació en febrero del 2008.
Llegó prácticamente sin nada, sólo con una valija y una cámara Leica, pero lleno de esperanzas. Y dejó una gran lección: un hombre hecho cenizas puede empezar de nuevo. Para eso necesita ser optimista, positivo, laborioso. El ser humano es una proyección de su animosidad, más la imprescindible ayudita de Dios.
Una de sus frases que nunca olvidaré era: “El pan es de Dios”. Está claro que para una persona que pasó durante la segunda guerra mundial en un campo de refugiados de la Cruz Roja francesa, en Hungría, sin comer muchas veces durante varios días, sin familia, según me contó, desde la nueva vida uruguaya, cada pan que llegaba a nuestra mesa tenía para él un valor indudablemente divino.

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