El vestido de la discordia

Una muchacha que fue a una universidad de São Paulo de vestido cortísimo causó mucho alborobto entre el estudiantado, por eso, la dirección de este centro de enseñanza terciaria decidió expulsarla por no estar acorde a las reglas del decoro académico.
La lluvia de críticas que tuvo esta decisión medieval fue tan imponente y rápida que, finalmente, el rector de la universidad privada Uniban se retractó, y entonces, la chica volverá a estudiar en dichas dependencias.
Algunos de los argumentos a favor de ella son hasta comprensibles y lógicos: no existe en la constitución brasileña una ley que establezca el uso de tal o cual vestimenta, color o tamaño. Además, dice el refrán: Sobre gustos y disgustos no hay nada escrito.
Por otro lado, la tarea de la universidad no es la de cohibir a las personas, sino la de brindarles las herramientas necesarias para el desarrollo de su profesión, y de su formación humana. O sea, humanizar, además de preparar para una función técnica, científica, política o social.
El vestido de la discordia desató una gigantesca polémica. La sociedad se dividió al medio, tajantemente: unos exigen pudor, otros quieren ver los derechos resguardados. La reacción de unos setecientos estudiantes, grabada en un teléfono celular, fue desmedida. En las imágenes se ven jaurías cercándola, a la muchacha de vestido apretado, gritándole e insultándola. La miraban como si fuera un alienígena.
Esto abre un precedente: sectores de la sociedad quieren establecer límites a nuestros derechos. Por supuesto que debe haber consenso entre las personas para decidir derechos y deberes.
Pero, para mí, esa universidad es un polvorín que en cualquier momento puede estallar. Ya me imagino a esos estudiantes quejándose por el contenido de las materias, el aumento de las horas de asistencia a las clases, la exigencia de los profesores o por el nivel de estos.
Geisy Villa Nova Arruda declaró para el diario Folha de São Paulo, página C1: “Es absurdo”.
Esta universidad privada que tiene 60.000 alumnos matriculados parece que se transformó en un supermercado del saber, el que se vende como pan, leche o café.

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