En los tiempos de la gripe A

São Paulo-

Hace unos días, una mujer delgada, muy delgada, de pelo corto y tímida sonrisa, me esquivó un apretón de manos. Enseguida lo entendí todo: quería evitar la propagación del virus de la nueva gripe. Este pedido, el de suspender, por ahora, los saludos con las manos y los abrazos acalorados, se escucha en Brasil continuamente por radio y televisión, se puede leer en internet y periódicos, además, preocupados vecinos colocan afiches informativos en sus puertas, en las escuelas ponen carteles de prevención, y la Iglesia Católica prohibe que durante las misas los feligreses se abracen y se becen en la parte del saludo efusivo en el que se desea “que la paz sea contigo”. En otra ocasión llegué a una vivienda donde el ama de casa que me recibió me pidió, con movimientos nerviosos, que me lavara las manos urgentemente porque “uno nunca sabe, ya vió como está la situación”.

No sé por qué, pero me puse a pensar repentinamente en los animales: Cómo hacen para enfrentar enfermedades virales. Como una vez le había preguntado a un estudiante avanzado de biología sobre la inteligencia de los animales y me había contestado que era un asunto muy polémico del que prefería no hablar, esta vez me quedé con la duda en mis entrañas de saber cómo lidian los animales con las enfermedades.

Seguramente no dejarán de vincularse entre sí a pesar de no conocer ni tener vacunas preventivas, paliativas, curativas….. Pero auque tengamos hoy día una medicina tan avanzada a nuestra disposición, parece que, por la obsesión de cura y psicosis de enfermarse, nos volvimos toscos, miedosos. Esta contradicción de avances tecnológicos por un lado y de atraso social por otro, revive otra vez la cuestión y eterna polémica sobre la educación.

Por otra parte, parece natural que nos asustemos porque los virus, invisibles a nuestros ojos, sobreviven por horas en los pasamanos de las escaleras, pestillos de las puertas, barandas y utensilios en general. Incluso, alguien los deja y otro se encarga de diseminarlos por todos lados.

Si las relaciones sociales ya están resquebrajadas, imagínese usted lo que será después de pasar estos tiempos de la nueva gripe. No cabe duda de que

dejó sus huellas. Lamentablemente, mientras escribo estas líneas, alguien habrá muerto de gripe, pero también de violencia doméstica o no doméstica, de hambre, en accidentes de tránsito, aéreos o navales, por riñas estúpidas e inútiles, de vejez, o por morirse nomás.

Así como el consumismo cambió nuestras costumbres e ideas de forma absimal, este nuevo virus también lo hará: quedaremos más apáticos, fríos, desconfiados del otro, del contacto físico. Pero creo que uno no puede dejarse invadir por el terror, uno debe ir al encuentro del otro con paz y armonía interior.

La instaurada cultura de la tragedia deberíamos reemplazarla por la de la esperanza.

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