La aventura del paraguas rosa

Hace unos días empecé un experimento social, sin querer, en la ciudad que está cortada al medio por un río hediondo y gris como el hollín de la revolución industrial: São Paulo. Sin intención, sí, como dije en la primera frase, o mejor dicho, en la primera oración, perdón, porque hay verbo: empezar.
Ello comenzó cuando salí de casa con el paraguas rosa de mi esposa, cuestión adjetiva neurálgica, porque el mío estaba totalmente destartalado. Por otra parte, ahora que lo pienso, el mundo está invadido por los paraguas hechos en China, que no duran ni un aliento. Pero este es otro asunto, de característica irracional, además. Y vale preguntarse el porqué de esa exclusividad asiática.
Al llegar al lugar donde hago algunas changas para sobrevivir, el esposo de la dueña de la escuela, sin ningún tipo de pérdida de tiempo, aprovechó para hacerme una broma, y exclamó:
-¡Oh, qué hermoso paraguas!
Claro que su exclamación, y muy enfática sonoramente hablando, connotaba un sarcasmo. En ese exactísimo momento pensé en llevar a cabo mi libre investigación sobre el color rosa y su simbolismo social, aunque no tenga yo ningún título de antropólogo, sexólogo, sociólogo o cualquier palabra que termine en “ólogo”. Recordé otra: paleontólogo.
He salido durante casi dos semanas de abundantes lluvias y lloviznas en esta ciudad, que se inunda en algunos barrios quedando como una Venecia sudamericana, pero sin góndolas ni presidentes bufones. En estos días, por lo tanto, he escuchado risas, miradas de reojo, comentarios silenciosos en las calles casi desérticas de la noche.
Parece que no hubiera caso, el rosa es un color metafísico porque si un hombre se pone algo rosa, este color queda fuera de sí, es decir, adquiere otro significado. Se puede decir que una mujer queda bien con rosa, mientras que un hombre queda “raro”. Por lo tanto, el rosa es un color de múltiples simbolismos.
Así, he pensado en otras peligrosas experiencias sociológicas. Por ejemplo, en la parada del autobús, en vez de levantar el brazo derecho en posición paralela al suelo, lo coloco en forma perpendicular a la vereda apuntando el cielo, por ansiedad urbana. Como reacción normal, a priori y a posteriori, algunas personas me miran con ojos salidos de las órbitas oculares, denotando en su ojeada un malestar por transgresión de inexistentes leyes civiles en cuanto a cómo levantar la mano para indicar de esta forma extraña que necesitamos tomar ese ómnibus y por lo tanto, que debe parar.
Atención, no le recomiendo a nadie hacer las susodichas investigaciones sobre comportamiento social porque puede ocurrir una malentendido

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