La lepra: ayer y hoy

Hace dos semanas, la lectura dominical bíblica nos traía un trecho de uno de los libros del Antiguo Testamento, el Levítico (capítulo 13, versículos 43 a 45). Tocaba el tema de la lepra, que hoy se sabe que no es contagiosa, y además, se puede curar en medio año o dos años como mucho.

Antes de Cristo, la sociedad marginaba a aquellos enfermos no sólo por miedo a la difusión de la dolencia sino porque también eran considerados “impuros” por la religión de la época y de aquellos hombres. Estaban manchados para los ojos de Dios y, por lo tanto, debían purificarse.

Aparentemente, entonces no pensaban que los seres humanos, indistintamente, nos enfermamos porque somos plausibles de ser infectados por bacterias o virus, pero no por castigo de Dios, sino sencillamente por ser biológicos. Además, los obligaban a gritar que estaban “impuros” si alguien se les acercaba.

Si uno trae la figura del leproso a nuestros días, verá que los actores sociales que hoy en día son objeto de marginalización son los pobres, los desempleados, los inmigrantes, que como aquellos, viven aislados sin poder usufructuar los recursos, servicios (salud, educación) y bienes de consumo. A ellos, las religiones no los separan como antiguamente, pero tampoco los cobija, porque muchos grupos religiosos sólo están interesados en el dinero de las personas, y que justamente, no lo tienen los desposeídos. Por lo tanto, viven a la deriva.

El padre que realizó la homilía el domingo quince de febrero aprovechó para contar una situación que vivió y que estaba también relacionada con las dos lecturas (Levítico c. 13, v. 43 a 45 y Marcos c. 1, v. 40 a 45) que hacían referencia a la lepra. Nos dijo que hace unos treinta años estaba en África como misionero, donde cumplió la función de rector de un colegio. Un día, un estudiante se presentó en su despacho y le pidió para ese día retirarse. Enseguida, el sacerdote le preguntó que por qué quería marcharse del colegio. El muchacho le respondió que tenía lepra y debía tratarse. Ante la repuesta, el cura quedó sumamente atemorizado por las consecuencias que podrían generase para el colegio. Después sintió vergüenza y se dio cuenta del prejuicio que tuvo en aquel instante para con aquel joven.

En primer lugar, quiero resaltar la gallardía y honestidad del padre por contar un sentimiento que tuvo ante una iglesia repleta de gente. En segundo lugar, creo que todos de alguna forma u otra tenemos prejuicios, aunque no los reconozcamos. Y los preconceptos se transforman en enfermedades de las sociedades que en forma inconsciente transmiten, y los niños absorben en el medio social.

Para finalizar, creo que el rechazo al otro es la peor forma de marginar y crear “el malestar de la civilización”, como decía S. Freud. Es la forma actual de desmembrar como antes lo hacían con los leprosos. O sea, todo continúa igual, parece que sólo cambian los tiempos.