La niña degollada

Estar lejos de tu país natal te lleva muchas veces a pensar cómo uno puede disminuir la taciturnidad en la que uno cae sumergido, a veces y especialmente en fechas festivas. Y decir se extraña, en forma impersonal, es muy injusto. En este momento, es rotundamente necesario expresarse en primera persona: yo.
Pienso que cada persona que esté viviendo cómo y en el extranjero, y dependiendo de la situación en que se encuentre, debe de sentir en mayor o menor grado la falta de algo que, por alguna, o no, misteriosa razón, le provoca un cierto dolorcito en su corazón.
En mi caso, echo de menos a las personas de mi país no porque sean mejores (nadie es perfecto), sino porque cuando se comunican cargan consigo la lengua que explica la visión del mundo, y que yo aprendí con mi madre y todos los que me rodeaban. Por lo tanto, para intentar sentirme “en casa” (la casa que guardo en mi alma) leo algunos escritores hispanohablantes. Claro que cuando leo los de mi patria es como si viviera de nuevo al ver expresiones que usaba.
Uno de estos días del navideño diciembre releí un autor que ya había “estudiado” en la primaria: Horacio Quiroga (1878-1937). Tal vez no lo había comprendido en aquella época, pero no creo que haya escuchado de nadie antes lo que Jorge L. Borges pensaba sobre los libros: un libro tiene que hacerme “sentir algo”. Esta premisa que encontré hace poco en una de las conferencias que dio Borges en la década del 70, me ayudó a comprender, creo yo, lo que no es un buen libro, o mejor dicho, lo que no es literatura; es decir, un libro que no me hace “sentir nada”.
Resulta entonces que leí “La gallina degollada” de Horacio Quiroga (editorial Losada). Me hizo pensar en algunas cosas este pequeño cuento de cinco páginas solamente. Al leer la descripción de los cuatro hijos “del matrimonio Mazzini-Ferraz”, comprendí la mentalidad de la época de H. Quiroga a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. Seguramente en esos tiempos no había ningún tipo de trabajo, ayuda o apoyo a personas con problemas mentales, que son los cuatro hijos del matrimonio: “Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos del matrimonio. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con toda la boca abierta”.
Hoy en día, por ejemplo, personas con síndrome de Down trabajan y estudian, son muy activas, hasta actúan en televisión. No tienen una vida sedentaria.
Bueno, volviendo al cuento, esa pareja joven ansiaba “otro hijo” que no fuera un “engendro”. Finalmente tuvieron una hija que la llamaban Bertita y prácticamente Berta, la madre, “olvidóse casi del todo de los otros cuatro hijos”. En un descuido, los cuatro entraron a la cocina y vieron a “la sirvienta” degollando una gallina. Pasado unos días de ese hecho “rojo“, una tarde después del almuerzo, los cuatro agarraron a su hermana de cuatro años, que estaba sola porque sus padres habían ido a pasear por las quintas y la degollaron.
Yendo más allá del relato, presiento que el escritor quiso denunciar esa misma época en la que vivió, y sufrió, para establecer un nuevo orden, donde todos los seres humanos pudieran recibir amor, cariño, y posibilidades de vivir, igual a las otras personas, independientemente de sus condiciones físicas, psicológicas o sociales.
Para terminar: Mirando el pasado se puede construir un justo presente.

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