Los videojuegos, ¿alimentan la violencia?

Un reciente debate televisivo brasileño trató el tema de los videojuegos y la violencia.

El moderador resaltó que un reciente videojuego japonés hacía al protagonista que lo jugara vivir el rol de un violador. En una corta intervención, un aficionado a este entretenimiento destacó que en algunos videos el papel del jugador es liquidar a tiros, por supuesto, a un grupo de terroristas. Lo que dio a entender que se trataba en este caso de una buena acción. Ni que hablar de las connotaciones políticas, ya que puede ser usado como panfleto propagandístico: el terrorismo urbano es una cosa, el de Estado es otra.

El panel de invitados – entre ellos un político, un psiquiatra, jugadores empedernidos y periodistas – estaba dividido en dos opiniones antagónicas. Unos a favor, porque juegan, y además creen que son inofensivos, y otros en contra ya que piensan que los jóvenes quedan demasiado influenciados por este peligroso entretenimiento.

Vale la pena destacar que pasar valores éticos y morales contrarios al bienestar social no es nada bueno. Pero por otro lado, no existen estudios científicos que vinculen directamente el aumento de la violencia social a causa del uso de videojuegos agresivos, la televisión o el cine.

Si viajamos en el tiempo hacia el pasado, por ejemplo, el imperio romano usó la fuerza, la intolerancia, la perversidad y la malicia para conquistar casi toda Europa y otras partes del mundo. Indudablemente no se entretenían con videojuegos, sino viendo sangrientas luchas entre hombres esclavos y animales.

Pienso que el aspecto más peligroso de los videojuegos es el de la adicción. Muchas veces crean una dependencia psicológica muy peligrosa. La persona adicta quiere “vivir” una realidad simulada, dentro de parámetros auto-determinados, perdiendo de esa manera la convivencia en nuestro mundo de negociaciones y usos sociales.

Tampoco es bueno el alejamiento de la tridimensionalidad de la Naturaleza hacia un mundo plano, donde no hay grosores, olores, texturas, partículas de la luz.

Además, falta lo táctil, auditivo y espiritual. Uno deja de reconocerse y percibirse en ese mundo de imágenes. Uno deja de vivir el presente, por lo tanto, se rehuye a ser el yo, para abrirle la puerta solamente a la ficción.

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