Navidad a pan y agua

Esperábamos las doce de la noche de la Navidad en la puerta de nuestra casa, en familia, sosteniendo velas prendidas en las manos”. Estas palabras transcriptas entre comillas son del padre irlandés, párroco de la iglesia donde asisto a las misas dominicales, en el extremo norte de la ciudad de São Paulo (Brasil).
Sus palabras, pronunciadas con dificultad, describen una época, hace unos sesenta años, y en un lugar, Irlanda, donde se celebraba una fiesta sencilla, en la forma, pero profundamente en los sentimientos vividos, y experimentados. Reflexionaban sobre el nacimiento del niño que trajo la buena noticia al mundo humano, para el mundo humano, y ese era un momento de plena ALEGRÍA.
El punto neurálgico de mi nota es este justamente, el de la alegría. Y principalmente saber qué medios usamos para obtenerla, en esta fecha tan especial para los cristianos y hombres y mujeres de buena voluntad del siglo veintiuno.
Hoy en día, a menudo, recurrimos a innúmeros alimentos, bebidas y chirimbolos para llenar nuestra barriga y sentidos, pero está claro que nos olvidamos de enriquecer nuestro mundo interior. Una pista para ayudarnos a mejorar nuestros laberintos interiores nos la da la Biblia en Tesalonicenses, capítulo 1, versículo 6: “al recibir la palabra, probaron la alegría del Espíritu Santo”. Si leemos, reflexionamos, meditamos y vivimos sirviendo a la comunidad donde vivimos, experimentaremos un gozo inenarrable en nuestra alma, real.
Como las personas reflejan su mundo interior en las relaciones sociales, los más exaltados, nerviosos, o tramposos, no tienen buenas relaciones interpersonales. Pero cuidado, no todos los que tienen paz interior, o creen tenerla, tienen buenas relaciones sociales. Sin embargo, deberíamos esforzarnos al máximo en tenerlas, porque una de las misiones del cristiano es transformar la realidad individualista, del aislamiento y del consumo de nuestro mundo tecnológico, por la buena noticia que trajo Jesús al mundo hace unos 2010 años, “ámense los unos a los otros como yo los he amado”.
La suma de uno y otro genera más energía espiritual, le trae al mundo mejores consecuencias para luchar contra la soledad humana.

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