¡Que viva la diferencia!

Estamos divididos en la política, la religión, los deportes, claro que en regiones, y no quiero establecer una escala de importancia.

Parece que frente a muchas cuestiones nunca llegaremos las diferentes partes a un pleno consenso. Todo está polarizado, incluso algunos historiadores dicen que estamos en la era de los extremos. El ser humano lo entiende todo así porque los ideales se generan en el interior de las personas bajo circunstancias culturales, vivencias e influencias.

Indudablemente hay que ver más allá de las confrontaciones, que tienen su origen en las propias sociedades. Las personas sufrimos como una especie de impregnación como cuando se coloca una esponja dentro de un líquido cualquiera.

Claro que podríamos olvidar las influencias socioculturales en el momento de reflexionar sobre la realidad, si quisiéramos, quedando poseídos de neutralidad, pero esto sería más difícil que encontrar una aguja en un pajar.

Percibí esta cuestión a partir de una pregunta que formulé en un foro por internet. Planteé un ejercicio de futurología: Dentro de cincuenta años, tal vez falten alimentos y agua dulce debido a la devastación y superpoblación de nuestro planeta. Se calcula que habrá en el 2050 nueve mil millones de habitantes. Por lo tanto, la carencia de comida y agua potable generaría obligatoriamente un drástico cambio en cuanto al valor de los bienes de consumo, que se cotizarían según su mayor o menor importancia como bien necesario para subsistir en un planeta desolado.

Los participantes del foro inmediatamente se posicionaron en sus trincheras de capitalistas o socialistas. No llegaron a un consenso y se mantuvieron firmes en sus posicionamientos ideológicos hasta el final, cada uno intentando cambiar la postura del otro. Y he aquí la gran cuestión, ¿por qué querer cambiar la visión del otro sobre algo, si cada uno cuando reflexiona parte de su realidad y experiencia? Aparentemente, lo que tiene sentido es poder ver a través de la explicación del otro el deslumbramiento de sus vivencias, porque si uno tiene vivencias diferentes-lo que es muy lógico, gracias a Dios-entonces uno entenderá y percibirá las cosas de forma distinta, trasluciendo la dinámica de la realidad.

Por lo tanto, todas las ideas honestas son válidas porque además, nadie tiene la verdad absoluta. Aunque uno sabe que los regímenes dictatoriales, engañosamente, creen tenerla.

No cabe duda que se debe aceptar al otro como es y no como alguien crea que debería ser. ¡Que viva la diferencia y el respeto a quien la postula!

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