Queridos pingüinos

Los pingüinos de Madagascar viven en el Parque Central de Nueva York, en un zoológico bastante revolucionario.
Está claro que ellos, junto con los otros animales, están organizados en forma de autogestión, palabra de moda usualmente aplicada en el mundo empresarial, pero en realidad, propuesta de organización social ya teorizada y practicada por los anarquistas de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX en Europa.
Sus deliberaciones quedan al margen, y se dan paralelamente a cualquier poder humano. Además, ellos entran y salen cuando quieren, piden comida preelaborada, son bastante sedentarios, no se preocupan demasiado por los guardias ni los visitantes, pero eso sí, son solidarios con todos los animales.
Por supuesto que los pingüinos, los cuatro, son los protagonistas de este dibujo animado, que estoy obligado a verlo porque mi hijito se muere si no lo ve por lo menos una vez por semana.
Esta pandilla de pingüinos funciona a partir de las órdenes del capitán, quien es un poco autoritario sin ser necesariamente totalitario. La solución a los problemas que van apareciendo es siempre efectiva, y generalmente espectacular. Aunque ya han asumido alguna derrota.
Creo que el autor quiere sugerirnos que los animales del zoológico, en realidad, somos nosotros, porque nosotros somos sedentarios, consumistas, conformistas, cómodos, solidarios, libres a medias como los animales encerrados en sus jaulas dentro del parque, en la ciudad.
Además de vivir entre muros y paredes, no nos liberamos de nuestros deseos, y por consiguiente, de nuestras acciones para satisfacer esos deseos. El querer es más fuerte que nuestras mentes. Para ser realmente libres deberíamos conocer plenamente los medios, las herramientas y estrategias -otra palabra de moda- que nos ayudarían a ser más libres y por lo tanto, menos dependientes.
No cabe duda de que hoy en día dependemos terriblemente de cosas superfluas que nos atan a nuestros deseos. Y tuve prueba de eso hace una semana cuando estaba con mi hijo y, de repente, la televisión se rompió. Entonces me dijo mi hijo:
-!Papá, se apagó el televisor!
Su rostro estaba pálido como si el universo se hubiera acabado. Una ráfaga de pensamientos corrió por mi mente dejándome innegablemente preocupado.
Constaté la dependencia al audiovisual, a las imágenes en color que se mueven encarcelando nuestra atención, hipnotizándonos, y la perpetuación a través de estos últimos tiempos a esta adicción.
Parecería como si las imágenes hipnotizaran porque poseen una magia, una nueva magia que antiguamente tenían los hechiceros que conseguían impresionar a las personas con el fuego, al agua, el viento.
Uno quiere esa hipnosis diaria, creo yo, tal vez porque tema encontrarse uno mismo solo, en su soledad cósmica; es más fácil engañarse y engañarse hasta el final. Quizás los animales lleguen a conocerse más a sí mismos, y por lo tanto, sean más libres que los humanos.
Para finalizar, queridos pingüinos, les propongo una sociedad menos hipnotizadora, y por lo contrario, más relacionada cara a cara para conocerse mejor.

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