Un mundo, sin Dios

“Decidieron que Dios murió”. Esta frase dicha por el papa Benedicto XVI en el duodécimo sínodo que terminó a fines de octubre en el Vaticano, creo que resume la nueva mentalidad que rige aparentemente en el mundo occidental y moderno.

Parece que hubiera una tendencia en el mundo, y principalmente en los llamados países del primer mundo, a olvidarse o hasta negar a Dios, el que se sustituyó por el dinero, la ciencia y la tecnología. Quizás son todas cosas materiales muy contundentes, pero pasajeras.

“Felices los de corazón puro, porque verán a Dios”: Cristo nos alienta a “buscar a Dios”, y si me permiten los teólogos, también “sentirlo, tener una vivencia trascendental”.

Algunos sucesos que ocurrieron hace poco me hacen pensar que ese mundo sin Dios se extiende a veces también hacia América Latina, aunque hay una especie de nueva efervescencia religiosa. En Brasil, es común ver a las personas por la calle portando la Biblia, incentivando su lectura y creando grupos de estudio. Pero quién no se preocuparía ante un padre de familia que resuelve matar a todos sus seres queridos. Esto pasó en Franca, ciudad del interior brasileño, donde un profesor de filosofía desempleado aniquiló a su madre y dos hijos. Su esposa y otra hija continúan graves en un hospital. Finalmente, él se suicidó. Tal vez en algún momento abandonó a Dios.

Los caminos de la vida, con o sin Dios, pueden llegar a ser hasta iguales, pero creo que si se siente a Dios en los más íntimo del ser, la persona amplía sus horizontes, que consecuentemente agrandan el campo de la esperanza. Se vive en un estado más positivo, se llega a comprender cuáles son los medios y cuál es el único fin que verdaderamente nos realiza; “Amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo”.

El árbol con buenas raíces se sustenta a pesar de futuras inclemencias del tiempo. La tormenta pasa, y la paz vuelve al fin, y nuevamente reverdece. Dios es la raíz.

La ciencia y la tecnología no nos hacen felices por sí solas. Pienso que el ser se sustenta verdaderamente si se apoya en Dios, al que lo podemos conocer a través de la Biblia, en los otros y en uno mismo.

Probablemente, si el hombre claudica de Dios los hace de sí mismo también, es como negarse.

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