Una civilización subterránea

Aquel socavón que vimos con mi hijo, justo en medio de la calzada, precipitó una pregunta adecuada para su corta edad de tres años y poco más: ¿Cómo se produjo?
Enseguida me salió una respuesta que no estaba muy elaborada. Inventé, le dije que la roja tierra es un ser vivo que se mueve, y al moverse, el asfalto de las calles sede, se hunde.
El barrio en el que vivimos otrora había sido bosques tropicales frondosos que bañaban las sierras del altiplano de São Paulo. Pero ahora encima de la tierra que era rica hay cemento resquebrajado, y las personas y vehículos trajinan sin cesar. Es un ritmo frenético bajo la batuta de los tecnócratas.
Hoy hemos pasado por el socavón y la tapa de la alcantarilla está inclinada a unos cincuenta grados. Quiere decir que el pozo que se formará, tal vez, será grandecito.
Bueno, después de este preámbulo iré al grano: resulta que esa reflexión sobre la tierra y los posibles laberintos que se forman en su interior, me hizo divagar sobre la posibilidad de vivir en su cuerpo interior y no en su superficie como lo hacemos. Ello ayudaría a contaminar menos el medio ambiente, dándole el tiempo necesario a la naturaleza para regenerarse futuramente. Por lo tanto, preservaríamos la naturaleza, y al volver a tenerla pura y virgen como alguna vez fue, nos enriqueceríamos espiritualmente al poder contemplarla sin contaminación y dadora del aire puro que es la esencia divina.
Edificar una civilización subterránea nos aportaría una nueva conciencia quizás por estar más cerca de su centro energético. La conciencia del primer hombre incorrupto sería recuperada.
Hoy en día parecería como si la contaminación y la corrupción fueran de la mano. Por lo tanto, si resolvemos la cuestión de la contaminación, nos libraremos de la corrupción.

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