Una tragedia anunciada

Quedará marcado en la historia de Brasil, lamentablemente, la masacre de los doce niños de la escuela municipal Tasso da Silveira, ubicada en el barrio de Realengo, región oeste de la ciudad de Río de Janeiro, como un suceso de otro mundo, inexplicable.
Pero yo quiero poner los puntos sobre las íes en algunos aspectos porque vivo en Brasil, y por lo tanto, sé que la población pobre de las ciudades brasileñas que vive en favelas, no tiene protección policial, o militar. En los barrios periféricos se ve muy poca policía, o mejor dicho, casi no se ve. Lo dice quien vive y anda en la periferia de esta ciudad universo. Sin embargo, en los barrios burgueses hay rondas policiales, guardias metropolitanos y policía militar cada cien metros, como pasa en la Avenida Paulista, en São Paulo.
Indudablemente, la falta de seguridad desinhibe cualquier actitud violenta, ya sea robo, copamiento o asesinatos. Vale preguntarse: por qué no ocurrió en un colegio particular. Claro que podría haber pasado, pero habría sido muchísimo más difícil por la cantidad y calidad de la protección existente ahí.
Por otra parte, en los colegios particulares hay vigilantes dentro y fuera del predio escolar. Diferentemente, en las escuelas municipales no existe vigilancia del lado de fuera de las instituciones de educación, solo pasa un coche llamado ronda escolar de mañana, cuando los chicos entran, y después cuando salen. Pienso que si hubiera habido un efectivo cuidado, este calamitoso acontecimiento no habría ocurrido.
No cabe duda de que llegó el momento de mejorar la calidad y el cuidado de los niños y niñas que asisten a estos centros de enseñanza pública. La situación de la población pobre desprotegida es consecuencia y responsabilidad de las políticas públicas del Estado, y por supuesto, de sus representantes políticos.
Por otro lado, acá, la mayor discusión política se ha enfocado en el problema del porte y posesión de armas, y además, en la facilidad con que alguien puede comprarlas, ya sea en el mercado oficial o fuera de él. Pero la cuestión de fondo, más productiva y constructiva, es otra: el acoso escolar.
Wellington Menezes de Oliveira, de 23 años, dejó varios mensajes grabados en video donde declaró haber sufrido burlas e insultos durante su paso por la escuela Tasso da Silveira, y colocaba la presión psicológica que vivió como causa de su demente decisión de matar y destruirse en presente y pasado.
Ahora bien, si en las escuelas hubiera habido algún psiquiatra formando parte del equipo educativo, tal vez, el muchacho no habría llegado a realizar tremenda locura.
Por lo tanto, sería interesante, en el futuro, tener en las escuelas a los que cuidan de la salud mental para que realicen un trabajo terapéutico con chicos cuyo perfil se parezca al de Wellington: callado, introspectivo, solitario, sin amigos. Si no, seguiremos viendo explosiones de rabia en un mundo que encamina a las personas hacia una soledad engañada por el mundo tecnológico. Es decir, si uno está solo y se engaña con una compañía, nunca llegará a descubrirse en su esencia. La soledad sirve cuando nos ayuda a conocernos a nosotros mismos: saber de nuestras limitaciones, nuestras potencialidades. La comprensión de nosotros mismos nos ayuda a comprender a los otros. Si uno clarifica qué pasa en su interior, las relaciones con los demás fluyen hacia el equilibrio interpersonal. Tocando los corazones de las personas y cuidándonos mutuamente, realizaremos los verdaderos cambios sociales de este joven tercer milenio.

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